La Historia de la estética es una disciplina de las ciencias sociales que estudia la evolución de las ideas estéticas a lo largo del tiempo. La estética es una rama de la filosofía que se encarga de estudiar la manera cómo el razonamiento del ser humano interpreta los estímulos sensoriales que recibe del mundo circundante. Se podría decir, así como la lógica estudia el conocimiento racional, que la estética es la ciencia que estudia el conocimiento sensible, el que adquirimos a través de los sentidos.[1] Entre los diversos objetos de estudio de la estética figuran la belleza o los juicios de gusto, así como las distintas maneras de interpretarlos por parte del ser humano. Por tanto, la estética está íntimamente ligada al arte y al estudio de la historia del arte, analizando los diversos estilos y periodos artísticos conforme a los diversos componentes estéticos que en ellos se encuentran. A menudo se suele denominar la estética como una “filosofía del arte”.
Siglo XIX
Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX se sientan las bases de la sociedad contemporánea, marcada en el terreno político por el fin del absolutismo y la instauración de gobiernos democráticos –impulso iniciado con la Revolución francesa–; y en lo económico, por la Revolución industrial y el afianzamiento del capitalismo, que tendrá respuesta en el marxismo y la lucha de clases. La ciencia tiene un gran impulso, con una nueva actitud de conocimiento empírico que generará el positivismo. La filosofía influye cada vez más en la sociedad, con la difusión de las ideas entre un número cada vez mayor de público, proceso iniciado en la Ilustración y propiciado por el aumento progresivo de medios de comunicación que suponen una universalización de la cultura.[91]
Romanticismo
El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, representación prototípica de lo sublime romántico.
El romanticismo surge en Alemania a finales del siglo XVIII con el movimiento denominado “Sturm und Drang”. Filosóficamente, es heredero del idealismo, en especial de las teorías formuladas por Kant. Los románticos tienen la idea de un arte que surge espontáneamente del individuo, destacando la figura del “genio” –el arte es la expresión de las emociones del artista–.[92] Se exalta la naturaleza, el individualismo, el sentimiento, la pasión. Esta nueva visión sentimental del arte y la belleza conlleva el gusto por formas íntimas y subjetivas de expresión como lo sublime, que cobra gran relevancia en el romanticismo.[93] También se otorga un nuevo enfoque a lo oscuro, lo tenebroso, lo irracional, que para los románticos es tan válido como lo racional y luminoso. Partiendo de la crítica de Rousseau a la civilización, el concepto de belleza se aleja de cánones clásicos, reivindicando la belleza ambigua, que acepta aspectos como lo grotesco y lo macabro, que no suponen la negación de la belleza, sino su otra cara.[94] Se valora la cultura clásica, pero con una nueva sensibilidad, valorando lo antiguo, lo primigenio, como expresión de la infancia de la humanidad. Se revaloriza la Edad Media, como época de grandes gestas individuales, en paralelo a un renacer de los sentimientos nacionalistas. El nuevo gusto romántico tiene especial predilección por la ruina, por lugares que expresan imperfección, desgarramiento, pero a la vez evocan un espacio espiritual, de recogimiento interior.[95]
Johann Wolfgang von Goethe es uno de los autores que más ayudan a crear la imagen del personaje trágico romántico (Werther, Fausto). Una de las características de su obra es la búsqueda del equilibrio de elementos contrarios: lo fugaz y lo perdurable, la acción y la contención, la imaginación y la razón, la pasión y el equilibrio. Para Goethe la belleza es la manifestación de las leyes secretas de la naturaleza. El arte es una expresión moral de aquello que es natural, identificando ética, estética y naturaleza, con un sentimiento panteísta de la naturaleza cercano a Giordano Bruno y Baruch Spinoza.[96]
Johann Gottlieb Fichte pone las bases del pensamiento individualista romántico, de donde surgirá la figura del genio como espíritu exaltado. En Teoría de la ciencia (1794) intenta establecer una doctrina sobre el saber humano, las formas teóricas de la razón. Para Fichte el conocimiento viene del “yo”, que es un yo absoluto, metafísico, un principio creador subjetivo, la autoactividad del espíritu. Así, Fichte niega la realidad exterior, ya que lo único real es el yo, lo de fuera es incognoscible.[97]
Johann Christian Friedrich Hölderlin también defiende la primacía del yo, aunque el suyo no es un yo absoluto como el de Fichte, sino un yo individual, natural. Intenta trascender los límites de Kant, aglutinando lo sensible y lo inteligible en el arte. Defiende la autosuficiencia del espíritu, la unificación del bien y la belleza, a través de una filosofía estética que tendrá su medio de expresión en la poesía. Contrapone “logos” (filosofía) y “mythos” (poesía): la poesía es la antinomia, el lugar donde se reconcilian los contrarios. La unidad está en la belleza artística: la belleza se manifiesta en el arte, aunque es fugaz, una impresión pasajera. En Hiperión (1797-1799) manifiesta el deseo de ser uno con el todo, con la naturaleza, en una especie de panteísmo estético. Tiene una filosofía de la fugacidad, con influencia de Heráclito: la juventud se escapa, el amor huye, todo se mueve y cambia, en una nostalgia de lo perdido. En La muerte de Empédocles (1797-1800) habla del genio, que es contradicción, donde se aglutinan la filosofía y la poesía. Busca lo eterno, el infinito, que no encuentra: lo eterno es la muerte, la unión con la tierra.[98]
La pesadilla, de Johann Heinrich Füssli. Los románticos se sienten atraídos por el terror, lo nocturno, lo demoníaco.
Novalis también se circunscribe a esa búsqueda imposible del infinito, afirmando que el hombre sólo encuentra cosas finitas, lo que lo sumerge en un estado de insatisfacción continua. Identifica poesía y religión, una religión mística, panteísta, en el sentido de “religio”, religar elementos de conocimiento de la naturaleza y del hombre. El poeta busca los secretos de la naturaleza, en un ideal inalcanzable, un viaje eterno, donde lo importante es el viaje, no la meta. Reclama la contemplación poética frente al materialismo, defendiendo la intuición, la imaginación. Hace un “idealismo mágico”, una doctrina filosófica que mezcla ciencia, magia, poesía, filosofía, etc. Para Novalis, “el pensamiento es un sueño del sentimiento”, investigando el inconsciente (el “consciente involuntario”), el interior del hombre.[99] Novalis, como Friedrich von Schlegel –ambos pertenecientes al grupo de Jena–, hacen una “poesía de la poesía”, una poesía que reflexiona sobre sí misma; por eso desarrollan la crítica, haciendo una “crítica artística” (“poesía del arte”). En la revista Athenäum, editada por el grupo de Jena, surgen las primeras manifestaciones de la autonomía del arte, ligado a la naturaleza: en la obra de arte se encuentran el interior del artista y su propio lenguaje natural. En Diálogo sobre la poesía (1800), Schlegel defiende la poesía orientada hacia la naturaleza, donde el poeta aparece como un demiurgo, un intérprete entre el hombre y la naturaleza. Destaca la actividad creadora libre, tanto en poesía como en pintura. En Lucinda (1799) propone una unión de lo masculino y lo femenino, en un ideal andrógino. Defiende la libertad sexual, así como el inconsciente, e introduce conceptos como lo “interesante”, la “ironía” y el “fragmento”, donde se manifiesta el yo de forma libre.[100]
Para Johann Christoph Friedrich Schiller la belleza es el objetivo de toda actividad humana, en la que se reúnen una facultad teórica y otra práctica. En la estética se reúnen estas dos facultades, dando una tercera, la de “juego”, que es una alternancia teórica-práctica en una armonía (belleza) de carácter ético. En Cartas para la educación estética del hombre (1795) distingue en el ser humano tres facultades, que denomina “impulsos”: un impulso “material” (Stofftrieb), otro “formal” (Formtrieb), y el “de juego” (Spieltrieb), conjunción de los otros dos.[101] El impulso de juego es el “hombre estético”, el hombre equilibrado, que da a su impulso formal una especie de vitalidad, es el que piensa, conoce, pero también sabe vivir, disfrutar de los sentidos. La actitud estética contribuye al bienestar del hombre en la sociedad. Partiendo de la idea de Kant de que la belleza es intermediaria entre lo sensible y lo inteligible, Schiller manifiesta que la belleza es un reflejo de lo natural: es un estado de armonía, donde el sentimiento se corresponde con la ley, sin sacrificar la pasión. En la belleza todo es moral, es un estado de perfección. La belleza eleva del mundo sensible y conduce a un estado de gracia.[102] Schiller también habla de lo sublime, en el que distingue tres fases: “sublime contemplativo”, el sujeto se enfrenta al objeto, que es superior a su capacidad; “sublime patético”, peligra la integridad física; y “superación de lo sublime”, en que el hombre vence moralmente, porque es superior intelectualmente.
Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling, recogiendo el concepto del yo de Fichte, defiende el individualismo, el “ser absoluto”, investigando la relación entre el “yo” y el “no yo” (objeto y sujeto). Identifica la libertad con el yo absoluto: la acción del yo es una lucha contra el infinito, donde el hombre siempre será derrotado. En Sistema del idealismo trascendental (1800), hace una filosofía de la naturaleza, que es un espíritu en evolución, que identifica con el yo. Cuando el hombre está en contradicción con el mundo exterior es cuando comienza la filosofía, que es un intermediario entre el hombre y la naturaleza; esta escisión se supera con la poesía. Schelling acepta una intuición intelectual sobre la reflexión, pero sobre esta hay una intuición estética, propia del genio. Este momento es el de la unificación entre el consciente y el inconsciente, lo objetivo y lo subjetivo, que sólo se produce en el arte; por tanto, “la filosofía debe volver a la poesía”. Para Schelling el espíritu tiene tres fases: conocimiento (intelecto), acción (voluntad) y arte (genio). El arte es una “representación finita de lo infinito”.[103]
Wilhelm Heinrich Wackenroder representa el romanticismo místico: en Desahogos de un monje amante del arte (1796) expresa un concepto ideal de la pintura centrado en los maestros del Renacimiento, que culmina en Rafael y Durero. Para Wackenroder Dios se comunica con el hombre a través de “oscuros sentimientos” que se transmiten por dos vías: la naturaleza y el arte. Así, el arte es un lenguaje cifrado de Dios, que representa “lo invisible en lo visible”, es decir, en la belleza.[104] En contrapartida, Johann Ludwig Tieck representa el romanticismo nihilista: en Almansur (1791) describe el mundo físico como una ilusión, y la moral como algo estéril, como un intento fútil de la acción ética del individuo, sea hacia la virtud, sea hacia el pecado; así, al hombre sólo le queda disfrutar de la vida de forma estética y armoniosa, cuyo único fin es la belleza.[105] Un intento de combinar ambas posturas será el de E. T. A. Hoffmann, que representa fielmente la dicotomía del alma fáustica alemana: en sus cuentos, el artista está caracterizado por dos rasgos esenciales, la alienación y el desgarramiento. Por un lado, el artista está alienado en el mundo que lo envuelve, que no le permite trascender al mundo ideal, perfecto, que éste ansía; por otro, está desgarrado en su interior al considerar el yo como lugar de unión entre el artista y su mundo ideal. La única liberación para el artista es la muerte o la locura. Para Hoffmann, el arte es catárquico, una cura del dolor y la desesperación. Sintetiza lo cómico y lo trágico, provenientes ambos de un mismo principio, cuya esencia es la “ironía”, el sentido del humor.[106]
En Gran Bretaña, Samuel Taylor Coleridge distingue en su Biographia Literaria (1817) entre imaginación y fantasía: la fantasía es un “modo de memoria”, que crea asociaciones entre los datos obtenidos a través de los sentidos; en cambio, la imaginación es la “facultad unificadora” que elabora los datos sensoriales, convirtiéndolos en un producto completamente nuevo. La imaginación es capaz de captar la verdad, de revelar los misterios de la naturaleza, de forma distinta y quizá superior al intelecto. En Francia, Stendhal se desmarca de la estética universalizadora ilustrada para remarcar de nuevo el relativismo del juicio estético, basado en el hedonismo: la belleza es “mi placer sensible”, que no tiene criterios objetivos, sino que es voluble y caprichoso. Influido por Hobbes, afirma que la belleza es “una promesa de felicidad”.[108]
Hegel
Georg Wilhelm Friedrich Hegel.
Así como Fichte representa el idealismo subjetivo y Schelling el idealismo objetivo, Georg Wilhelm Friedrich Hegel representa el idealismo absoluto, estableciendo un “saber absoluto” previo a todo conocimiento, formado por ideas articuladas. La naturaleza es la manifestación, la exteriorización de la idea. Hegel opina que el conocimiento avanza a través de la confrontación de opuestos: la dialéctica se basa en el movimiento tesis-antítesis-síntesis. Siguiendo a Heráclito, afirma que todo está en movimiento, por lo que es más importante el tiempo que el espacio, dando gran importancia al devenir histórico. Hegel será el introductor del relativismo histórico, ya que para él toda época tiene sus reglas y su verdad. Para Hegel, la Historia es el progreso del espíritu, creando en Fenomenología del espíritu (1807) un sistema donde a la lógica sucede la filosofía de la naturaleza, y a esta la filosofía del espíritu, que divide en tres conceptos: “espíritu subjetivo” (antropología, fenomenología y psicología), “espíritu objetivo” (derecho, moral y ética) y “espíritu absoluto” (arte, religión y filosofía).[109]
Asimismo, influido por Winckelmann, toma su concepto de que la belleza es la materialización de la idea: para Hegel, el espíritu se forma en el pensamiento, pero este es capaz de alienarse, proyectándose al exterior a través del arte. Así, el arte es el resultado de una alienación (Entäussernung) del pensamiento humano, que también se puede producir a través de la filosofía y la religión, de forma gradual, dando las tres etapas del espíritu humano. En Estética (1835-1838), Hegel afirma que la belleza en arte es resultado de la idea que ha tomado forma –la idea platónica, como perfección absoluta–; la idea se refleja en la belleza artística.[110] Tomando las etapas del arte establecidas por Winckelmann, establece tres formas de manifestación artística: arte simbólico, clásico y romántico, que se relacionan con tres formas diferentes de arte, tres estadios de evolución histórica y tres maneras distintas de tomar forma la idea.
| Arte |
Historia |
Idea |
Forma |
| Simbólico |
Infancia |
Desajuste |
Arquitectura |
| Clásico |
Madurez |
Ajuste |
Escultura |
| Romántico |
Vejez |
Desbordamiento |
Pintura, música y poesía |
En la idea, primero hay una relación de desajuste, donde la idea no encuentra forma; después es de ajuste, cuando la idea se ajusta a la forma; por último, en el desbordamiento, la idea sobrepasa la forma, tiende al infinito. En la evolución histórica, equipara infancia con el arte prehistórico, antiguo y oriental; madurez, con el arte griego y romano; y vejez, con el arte cristiano. En cuanto a la forma, la arquitectura (forma monumental) es un arte tectónico, depende de la materia, de pesos, medidas, etc; la escultura (forma antropomórfica) depende más de la forma volumétrica, por lo que se acerca más al hombre; la pintura, música y poesía (formas suprasensibles) son la etapa más espiritual, más desmaterializada. La creación artística no ha de ser una mímesis, sino un proceso de libertad espiritual. En su evolución, cuando el artista llega a su límite, se van perdiendo las formas sensibles, el arte se vuelve más conceptual y reflexivo; al final de este proceso se produce la “muerte del arte”.[111]
Tengo la certeza de que el supremo acto de la razón, aquel en que esta comprende la totalidad de las ideas, es un acto estético, y que verdad y bondad están íntimamente fundidas tan sólo en la belleza.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Diálogo sobre la poesía
Postromanticismo
Saturno devorando a un hijo, de Francisco de Goya. La Estética de lo feo (1853) de Johann Karl Friedrich Rosenkranz introduce la fealdad como categoría estética.
Así como el romanticismo se basaba en un cierto racionalismo metafísico, conforme avanza el siglo XIX algunos pensadores comienzan a tener teorías más escépticas, centradas en los problemas del individuo, desembocando por fin en las teorías vitalistas de Nietzsche. Karl Wilhelm Ferdinand Solger pone énfasis en la negatividad del arte: en el arte, la idea se revela como proceso dialéctico a través de su negación, proceso por el que accede del objeto a su representación. Para Solger, la experiencia estética representa el fracaso de la reconciliación entre finito e infinito. Igualmente, Friedrich Theodor Vischer, en Estética o ciencia de lo bello (1846-1857), acude a Hegel para mostrar que el arte es la dicotomía entre una idea y su manifestación, siendo la negación de la idea el proceso originador de la experiencia estética.[112]
Johann Karl Friedrich Rosenkranz, en Estética de lo feo (1853), siguiendo igualmente el sistema dialéctico hegeliano, introduce la fealdad como categoría estética: establece la belleza como tesis y la fealdad como antítesis, dando como síntesis la risa: lo feo queda anulado por lo cómico. Lo feo no existe en sí mismo, sino en contraste con lo bello. Afirma que lo feo es relativo, mientras que lo bello es absoluto; así, lo feo, lo “negativo estético”, se supera desde dentro, igual que el mal se devora a sí mismo. Sistematiza las categorías de lo feo: deformidad, incorrección y desfiguración.[113]
No es difícil entender que lo feo, como concepto relativo, sólo es comprensible en relación con otro concepto. Este otro concepto es el de lo bello: lo feo sólo existe porque existe lo bello, que constituye su presupuesto positivo. Si no existiera lo bello, no existiría de ningún modo lo feo, porque sólo existe en cuanto negación de aquello.
Johann Karl Friedrich Rosenkranz, Estética de lo feo
Søren Kierkegaard, precursor del existencialismo, defiende el individualismo, el subjetivismo. Para Kierkegaard, la vida es un devenir absurdo, el hombre es “lanzado al mundo”, está separado, escindido, tanto de la colectividad como de la divinidad. Plantea dos estados de la vida: el seductor (estética) y el asceta (ética). El asceta es el que vive en repetición, en la fe, la búsqueda de Dios, que sin embargo no halla, ya que la religión es una ilusión. En cambio, el esteta es aquel que sólo vive el instante, en un reino de ilusión, de apariencia, que produce insatisfacción. Kierkegaard encuentra aquí la paradoja del hombre que vive una vida estética: sólo le satisface la insatisfacción, está inmerso en un círculo del que no puede salir. Por tanto, la desesperación es la forma “a priori” de la vida estética, ya que el esteta no encuentra lo que anhela en el mundo circundante. En su forma suprema, esa desesperación es la melancolía, el “histerismo del espíritu”, donde este no encuentra su camino, se ve vacío y agotado; la melancolía es “la desesperación vivida estéticamente”. Para superar este estadio hace falta un “salto”, cuando el esteta identifica el sentido de la existencia con su propia autodestrucción, cuando las contradicciones de la vida estética se revelan en el estadio de la fe.[114]
Arthur Schopenhauer rechaza la filosofía académica, sistemática, racionalista. Quiere asumir todo el sufrimiento de la vida, volviendo al “límite kantiano” –el límite es la representación–. El hombre vive en un mundo de apariencias, percibe los fenómenos de una forma subjetiva. En El mundo como voluntad y representación (1819) manifiesta que el mundo es una representación individual, distinta para cada uno; fuera de nosotros, no hay nada. Más allá del fenómeno se encuentra la voluntad, en nuestro interior. Es una fuerza ciega, natural, inconsciente. Así como la filosofía tradicional ha puesto énfasis en la autoconciencia, en la conciencia cognitiva –el “yo”, con su hipóstasis, el alma–, Schopenhauer pone como centro la voluntad, que es irracional. Para él, la conciencia del yo viene de la voluntad, y no al revés.[115]
Schopenhauer dedica el tercer libro de El mundo como voluntad y representación a la teoría del arte: el arte es una vía para escapar del estado de infelicidad propio del hombre. Identifica conocimiento con creación artística, que es la forma más profunda de conocimiento. El arte es la reconciliación entre voluntad y conciencia, entre objeto y sujeto, alcanzando un estado de contemplación, de felicidad. La conciencia estética es un estado de contemplación desinteresada, donde las cosas se muestran en su pureza más profunda. El arte habla en el idioma de la intuición, no de la reflexión; es complementario de la filosofía, la ética y la religión. Influido por la filosofía oriental, manifiesta que el hombre debe liberarse de la voluntad de vivir, del “querer”, que es origen de insatisfacción. El arte es una forma de librarse de la voluntad, de ir más allá del “yo”.[116]
Richard Wagner recoge la ambivalencia entre lo sensible y lo espiritual de Schopenhauer: Tannhäuser es el prototipo de personaje romántico, que oscila entre el amor terrenal y el espiritual. En Ópera y drama (1851), Wagner plantea la idea de la “obra de arte total” (Gesamtkunstwerk), donde se haría una síntesis de la poesía, la palabra –elemento masculino–, con la música –elemento femenino–. Opina que el lenguaje primitivo sería vocálico, mientras que la consonante fue un elemento racionalizador; la introducción de la música en la palabra sería un retorno a la inocencia primitiva del lenguaje.
Nietzsche
Friedrich Wilhelm Nietzsche admira en un primer momento a Wagner y Schopenhauer, pero después los critica por su decadentismo. Igualmente se opone a Hegel, que, según Nietzsche, ha secularizado el cristianismo. Manifiesta que “Dios ha muerto”, acto para el que aún no estamos preparados. Así, el hombre ha sustituido a Dios por la ciencia, la historia, el estado, la moral, etc. Nietzsche defiende la vida, la alegría de vivir, por lo que ataca la religión, proponiendo una tabla rasa, que la humanidad comience de nuevo. Rechaza el positivismo, la creencia firme en los hechos, que para él no existen, habiendo sólo interpretaciones, y frente a este propone el perspectivismo: si no hay un mundo creado que hemos de construir, lo hemos de crear nosotros. Para Nietzsche el conocimiento es una ilusión: el lenguaje es el único instrumento de conocimiento, pero hay experiencias que van más allá del lenguaje, que no se pueden comunicar.[118]
Nietzsche ataca la moral y el concepto de mal del cristianismo, afirmando que “el hombre está más allá del bien y del mal”. Frente al “tú debes” de Kant propone el “yo quiero”, introduciendo la figura del “superhombre”, que es el hombre que ha asumido su cuerpo, su parte natural, su inconsciente. Al asumir su parte irracional con la racional, el hombre se pone más allá del bien y del mal. Asimismo, frente a la “voluntad contra el querer” de Schopenhauer, propone el deseo como liberación, a través de la superación del yo.[119]
El superhombre de Nietzsche es contradictorio, ya que es fuerte y débil a la vez: el hombre ha de asumir su debilidad –“humano, demasiado humano”–, pero, al aceptarlo, se convierte en un gesto heroico, de donde surge la teoría del “eterno retorno” (ewige Wiederkunft), que es la asimilación de las pasiones, de los errores de la vida, aceptar el mundo tal como es. Es la forma más alta del “pathos” trágico, es decir sí a la vida hasta en sus problemas más extraños y profundos. El eterno retorno es una realización estética de lo trágico: manifiesta que el arte es un consuelo, la obra de arte es lo único que consuela del sufrimiento de la vida. Ya que la repetición sólo es soportable a través del arte, el eterno retorno es un acto de voluntad creadora.[120]
En El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (1872) defiende la tragedia como algo lúdico, alegre, un “consuelo metafísico”. Estudiando la tragedia griega, dice que es una combinación del espíritu apolíneo y el dionisíaco: Apolo es el genio del “principium individuationis”, el que da las representaciones de la vida –vinculado a las artes plásticas–; Dioniso representa la disgregación, la superación de la individualidad, la exaltación mística –vinculado a la música–. Su propuesta de tragedia es dionisíaca, afirmando que el mito trágico se ha ido perdiendo desde Sócrates –creador del pensamiento lógico–, y que ahora hay que recuperarlo. Sin embargo, en su obra inacabada La filosofía en la época de la tragedia griega se da cuenta que no se puede recuperar el espíritu trágico griego, ya que sería sustituir una religión por otra, por lo que propone la compenetración entre Dionisio y Apolo, para buscar el equilibrio.[121]
Para Nietzsche la actividad básica del cuerpo es el inconsciente. El hombre es plural, tiene varias personalidades, nace y muere continuamente. Así, para él la estética es una fisiología aplicada: al vivir una emoción trágica, sentimos una sugestión en el cuerpo. Para Nietzsche el arte es el gran estimulante de la vida: la creación artística es la misma fuerza que el acto sexual, es la misma noción de belleza. Opina que la belleza no es una sustancia metafísica, no hay una belleza “en sí”; la belleza y la fealdad son relativas, dependen de cada uno. La belleza es la armonización de los deseos, tanto buenos como malos.
Esteticismo
El beso, de Gustav Klimt.
El esteticismo fue una reacción al utilitarismo imperante en la época y a la fealdad y materialismo de la era industrial. Frente a ello, surge una tendencia que otorga al arte y a la belleza una autonomía propia, sintetizada en la fórmula de Théophile Gautier “el arte por el arte” (L’art pour l’art), llegando incluso a hablarse de “religión estética”.[123] Esta postura pretende aislar al artista de la sociedad, buscando de forma autónoma su propia inspiración y dejándose llevar únicamente por una búsqueda individual de la belleza.[124] Dicha premisa partía, por un lado, de la autonomía otorgada a la estética por Kant y, por otro, de la obra de escritores románticos como Tieck y Wackenroder. La belleza se aleja de cualquier componente moral, convirtiéndose en el fin último del artista, que llega a vivir su propia vida como una obra de arte –como se puede apreciar en la figura del dandy–.[125] Se lleva la sensibilidad romántica a la exageración, sobre todo en el gusto por lo morboso y terrorífico, surgiendo una “estética del mal”, apreciable en la atracción por el satanismo, la magia y los fenómenos paranormales, o la fascinación por el vicio y las desviaciones sexuales.[126] El esteticismo influyó al prerrafaelismo y al simbolismo francés, y fue predecesor del modernismo.
Uno de los teóricos del movimiento fue Walter Pater, que influyó al denominado decadentismo inglés, estableciendo en sus obras que el artista debe vivir la vida intensamente, siguiendo como ideal a la belleza. Para Pater, el arte es “el círculo mágico de la existencia”, un mundo aislado y autónomo puesto al servicio del placer, elaborando una auténtica metafísica de la belleza.[127] Posteriormente, autores como James McNeill Whistler, Oscar Wilde, Algernon Charles Swinburne y Stéphane Mallarmé desarrollaron esta tendencia hasta un elevado grado de refinamiento basado únicamente en la sensibilidad del artista. Edgar Allan Poe elaboró en sus relatos un concepto de la belleza como cualidad autónoma, dando primacía a la imaginación y la originalidad. En “El principio poético” (1848), Poe niega la intención moral en la obra de arte, así como su carácter didáctico, defendiendo los elementos fantásticos como principales creadores de la esteticidad del arte. Para Poe, así como la inteligencia se ocupa de la verdad y la moral del deber, es el gusto el que se debe ocupar de la belleza, gusto que concibe como facultad autónoma que tiene sus propias leyes.[128]
Un instinto inmortal, profundamente enraizado en el espíritu del hombre, es de este modo, dicho sin rodeos, un sentido de lo Bello.
Edgar Allan Poe, El principio poético
Por otro lado, Charles Baudelaire fue uno de los primeros autores que analizaron la relación del arte con la recién surgida era industrial, prefigurando la noción de “belleza moderna”: no existe la belleza eterna y absoluta, sino que cada concepto de lo bello tiene algo de eterno y algo de transitorio, algo de absoluto y algo de particular. La belleza viene de la pasión y, al tener cada individuo su pasión particular, también tiene su propio concepto de belleza. En su relación con el arte, la belleza expresa por un lado una idea “eternamente subsistente”, que sería el “alma del arte”, y por otro un componente relativo y circunstancial, que es el “cuerpo del arte”. Así, la dualidad del arte es expresión de la dualidad del hombre, de su aspiración a una felicidad ideal enfrentada a las pasiones que le mueven hacia ella. Frente a la mitad eterna, anclada en el arte clásico antiguo, Baudelaire ve en la mitad relativa el arte moderno, cuyos signos distintivos son lo transitorio, lo fugaz, lo efímero y cambiante –sintetizados en la moda–. Baudelaire tiene un concepto neoplatónico de belleza, que es la aspiración humana hacia un ideal superior, accesible a través del arte. El artista es el “héroe de la modernidad”, cuya principal cualidad es la melancolía, que es el anhelo de la belleza ideal.[129]
Estética sociológica
El Ángelus, de Jean-François Millet.
Los cambios sociales producidos por la Revolución francesa y la Revolución industrial, tanto a nivel político como económico, llevaron a los filósofos a replantearse la relación del hombre con la sociedad. Así surgió la sociología del arte, ciencia fundamentada en los principios metodológicos del positivismo que considera al artista como parte indisoluble de la sociedad, siendo la obra artística un fiel reflejo de los condicionamientos sociales que envuelven al artista.[130] Hippolyte-Adolphe Taine, en su Filosofía del arte (1865-1869), aplica al arte un determinismo basado en la raza, el contexto y la época (race, milieu, moment). Para Taine, la estética, la “ciencia del arte”, opera como cualquier otra disciplina científica, en base a parámetros racionales y empíricos. Jean Marie Guyau, en Los problemas de la estética contemporánea (1884) y El arte desde el punto de vista sociológico (1888), plantea una visión evolucionista del arte, afirmando que el arte está en la vida, y que evoluciona como esta; y al igual que la vida del ser humano está organizada socialmente, el arte debe ser reflejo de la sociedad.[131]
La estética sociológica tuvo una gran vinculación con el realismo pictórico y con movimientos políticos de izquierdas, especialmente el socialismo utópico: autores como Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Pierre Joseph Proudhon defendieron la función social del arte, que contribuye al desarrollo de la sociedad, aunando belleza y utilidad en un conjunto armónico. Por otro lado, en el Reino Unido, la obra de teóricos como John Ruskin y William Morris aportó una visión funcionalista del arte: en Las piedras de Venecia (1851-1856) Ruskin denuncia la destrucción de la belleza y la vulgarización del arte llevada a cabo por la sociedad industrial, así como la degradación de la clase obrera, defendiendo la función social del arte. En El arte del pueblo (1879) pide cambios radicales en la economía y la sociedad, reclamando un arte “hecho por el pueblo y para el pueblo”. Por su parte, Morris –fundador del movimiento Arts & Crafts– defiende un arte funcional, práctico, que satisfaga necesidades materiales y no sólo espirituales. En Escritos estéticos (1882-1884) y Los fines del arte (1887) defiende un concepto de arte utilitario pero alejado de sistemas de producción excesivamente tecnificados, próximo a un concepto del socialismo cercano al corporativismo medieval.[132]
La obra de Ruskin y Morris coincide con la época victoriana, donde el arte, principalmente subvencionado por la nueva clase emergente, la burguesía, cobra un nuevo valor relacionado con la ostentación, con el reflejo del estatus social, lo que implica un factor comercial que provocará la mercantilización del arte en el siglo XX y el auge de las galerías de arte, que se convertirán a su vez en centros difusores de nuevas tendencias. Asimismo, con el Art Nouveau surge una revalorización del aspecto ornamental del arte y la importancia del diseño, lo que conlleva un gran auge de las artes decorativas, como el mosaico, la vidriería, la orfebrería, la ebanistería, la forja de hierro, la joyería, la cerámica, etc. En este ambiente, el concepto de belleza es más funcional que puramente estético, y depende de criterios industriales, como la calidad y la producción en masa.[134]
Por otro lado, la función del arte fue cuestionada por el escritor ruso Lev Tolstoi: en ¿Qué es el arte? (1898) se plantea la justificación social del arte, argumentando que siendo el arte una forma de comunicación sólo puede ser válido si las emociones que transmite pueden ser compartidas por todos los hombres. Para Tolstoi, la única justificación válida es la contribución del arte a la fraternidad humana: una obra de arte sólo puede tener valor social cuando transmite valores de fraternidad, es decir, emociones que impulsen a la unificación de los pueblos.[135]
Estética psicológica
Con la equiparación de las ciencias del espíritu con las ciencias de la naturaleza efectuada por el positivismo, nace la estética psicológica o “psicología del arte”. Gustav Theodor Fechner fue uno de los primeros investigadores que introdujo la experimentación en psicología, afirmando que el espíritu es reflejo de la naturaleza. En Estética experimental (1871-1876) intenta sentar las bases de unos principios científicos aplicables al arte, con una concepción neoplatónica derivada del concepto metafísico de que “todo es uno”. Para Fechner, los objetos estéticos (imágenes, sonidos) evocan recuerdos o impresiones que a través de su reconocimiento estimulan nuestra afinidad con el objeto artístico.[136]
Theodor Lipps formuló en Estética (1903-1906) su teoría de la empatía estética (Einfühlung), como un proceso de afinidad entre objeto y sujeto, donde este se reconoce a sí mismo y se solidariza con él, en un proceso deductivo que permite al sujeto hallar un conocimiento de sí mismo que hasta ese momento ignoraba.[137]
Empatía significa que, en la medida en que yo aprehendo un objeto, en ese objeto –tal y como existe para mí– experimento como perteneciente a él una actividad mía o un modo de explicarse mi propio yo.
Theodor Lipps, Estética
Sigmund Freud, de actitud positivista, defiende la ciencia sobre el arte. Recoge las ideas del inconsciente de Schopenhauer y Nietzsche, intentando salvar el “yo” y estableciendo un modelo basado en el equilibrio de la razón y la pasión, a la vez que revaloriza el mundo de las pulsiones fisiológicas. Contrapone “principio de placer” contra “principio de realidad”, donde el primero sería el niño y el segundo el adulto. Divide la personalidad en consciente, preconsciente e inconsciente: el preconsciente se puede recuperar con la asociación de ideas, mientras que el inconsciente es aquello que está reprimido, tanto individual como socialmente. Afirma que hay dos tipos de realidad: una verdadera, objetiva (Wierklichkeit), y otra asumida, construida (Realität), es decir, una consciente y otra psíquica. Freud introdujo una nueva categoría estética, lo “siniestro” (Unheinlich), variación de lo sublime con connotaciones más negativas, ya que se basa en la angustia, en el miedo. Para Freud lo siniestro es lo más profundamente humano, es “el eterno retorno de lo idéntico no deliberado”. Lo siniestro está en toda obra de arte, que es reflejo de lo más profundo del hombre.
En La interpretación de los sueños (1900) introdujo los conceptos de “contenido manifiesto” y “contenido latente” de los sueños, que interpretó como una realización de deseos inconscientes. Freud aplicó el psicoanálisis al arte (Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci, 1910), la sociedad (Tótem y tabú, 1913), la cultura (El malestar en la cultura, 1930) y la religión (Moisés y el monoteísmo, 1939). Para Freud, el arte sería una de las maneras de representar un deseo, una pulsión reprimida, de forma sublimada. El origen del sentimiento estético –la belleza– es el mismo que del deseo erótico. Opina que el artista es una figura narcisista, cercana al niño, que refleja en el arte sus deseos. Afirma que las obras artísticas pueden ser estudiadas como los sueños y las enfermedades mentales, con el psicoanálisis. Su método es semiótico, estudia los símbolos, opinando que una obra de arte es un símbolo. Pero como es el símbolo el que hace aquello simbolizado, hay que estudiar la obra de arte para llegar al origen creativo de la obra.[138]
Carl Gustav Jung relacionó la psicología con diversas disciplinas como la filosofía, la sociología, la religión, la mitología, la literatura y el arte. En Contribuciones a la psicología analítica (1928), sugiere que los elementos simbólicos presentes en el arte son “imágenes primordiales” o “arquetipos”, que están presentes de forma innata en el “subconsciente colectivo” del ser humano. Jung influyó en el surrealismo y en el expresionismo abstracto.
Estética cultural
A finales del siglo XIX, principalmente en Alemania, surge una tendencia a estudiar la filosofía –así como la historia, el arte, y demás ciencias sociales– desde el punto de vista de la cultura, utilizando como herramienta metodológica la interpretación crítica. Influidos por el idealismo, el romanticismo y el neokantismo, son autores que, al vivir en una época donde resultaba patente la crisis de valores objetivos, recurren al estudio de la historia (historicismo) y de la cultura para poder analizar el presente.[140]
Uno de sus máximos representantes, Wilhelm Dilthey, se dedicó a las “ciencias del espíritu”, formulando una teoría acerca de la unidad entre arte y vida. Prefigurando el arte de vanguardia, Dilthey ya vislumbraba a finales del siglo XIX cómo el arte se alejaba de las reglas académicas, y cómo cobraba cada vez mayor importancia la función del público, que tiene el poder de ignorar o ensalzar la obra de un artista determinado. Encuentra en todo ello una “anarquía del gusto”, que achaca a un cambio social de interpretación de la realidad, pero que percibe como transitorio, siendo necesario hallar “una relación sana entre el pensamiento estético y el arte”. Así, ofrece como salvación del arte las ciencias del espíritu, especialmente la psicología: la creación artística debe poder analizarse bajo el prisma de la interpretación psicológica de la fantasía. En Vida y poesía (1905) presenta la poesía como expresión de la vida, como “vivencia” (Erlebnis) que refleja la realidad externa de la vida. La creación artística tiene pues como función intensificar nuestra visión del mundo exterior, presentándolo como un conjunto coherente y pleno de sentido.[141]
Georg Simmel formuló una teoría de la modernidad que, desde un punto de vista sociológico, otorgaba un papel relevante al arte: analizando la evolución cultural desde una perspectiva de influencia marxista pero matizada por un cierto vitalismo, percibe en la evolución del espíritu humano una constante creación de formas culturales que, una vez generadas, producen formas objetivas de naturaleza autónoma que tienden a perpetuarse en el tiempo. Así, la cultura presenta una dualidad de origen: el alma subjetiva y el producto objetivo. Simmel percibe en el arte de vanguardia una disparidad entre subjetividad y objetividad, por lo que el arte deja de ser unitario y armónico para ser fragmentario y caótico.[142]